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En la colonia, salario de colonia.

Observen estos datos del 2015, al finalizar el año 2016 de celebraciones del crecimiento del PIB de Canarias por el gobierno administrativo de archipiélago, la colonia ocupaba el lugar que siempre le corresponde en todas las estadísticas de estimación positiva, la última, con un salario medio de los hombres de 20.641 y de las mujeres de 18.201 euros.

Por otro lado, el asalariado medio canario ha perdido por el coste de vida una de sus 12 pagas anuales en los últimos cinco años.

Para los que se prodigan en insistir en la pertenencia de Canarias a Europa, los que quedaron absortos con los mapas de Canarias en el mediterráneo, una sola cifra, los salarios son un 29´7 % inferiores a la media europea.

Es explicito que el crecimiento del PIB y la economía canaria no repercuten en nuestra ciudadanía. Nuestros recursos son, como siempre lo han sido, expoliados y extraídos para beneficio de las Españas, transnacionales y algún empresario isleño advenedizo.

Y qué sucede con nuestros ciudadanos, cómo reaccionan.

Fromm lo explica así: “Desde el punto de vista psicológico, esta disposición a someterse al nuevo régimen parece motivada principalmente por un estado de cansancio y resignación íntimos que constituye una característica peculiar del individuo de la era presente, característica que puede hallarse hasta en los países democráticos”

El régimen en Canarias no es nuevo, más bien añejo, vetusto y medievo, pero, a pesar de ello subsiste, me preguntó qué  grado de aguante, de aceptación del estado de cosas en Canarias puede soportar nuestra gente, hasta cuándo huiremos en esa especie de via crucis de navidad a carnavales de la ciudad, del Sur,  de Semana Santa a fiestas patronales de aquí y de allá, de fiestas inventadas y plagiadas a veranos adormecedores, fiestas y fiestas, tarjetazos y tarjetazos, de una jornada de fútbol a otra, de champions, de copas de Europa, de vivir vidas de otros en crónicas rosáceas, horteras y malolientes, hasta cuándo vivir fugados de nuestra realidad.

Este gran hermano colonial enferma, deprime, acongoja, arrastra la autoestima hasta el subsuelo, desorienta y menoscaba nuestros valores. Nutre de antidepresivos contra los antidepresivos.

Este gran hermano mata de múltiples y sutiles maneras, de adicciones, de alimentaciones precarias, de enfermedades de la mente y hasta logra que pongamos fin a nuestras vidas, un canario se suicida cada día.

Morimos de resignación, más que de depresión. Morimos poco a poco de indolencia, de apatía fomentada y estimulada, de no perseverar. Hasta cuándo. Nuestros hijos y nietos abandonarán su país, su tierra y seguimos resignados, haciendo maletas otra vez. Estoy cansado de tanta resignación, me agota esta resignación pegajosa, contagiosa, de plañideras y gandules. De observadores de lo que hay que hacer, o  de sí pero, o  de ahora no, más adelante,  o yo ya me quemé, o cuando estén todos, o si está éste, yo no. Aburren. Perseveran en no perseverar. En ir de enyesques de ideas de aquí para allá, pero sólo ideas de las que están de modas, de las que de progre que son, se hacen realidad solas, a golpe de televisión. De imitadores de todo lo que se hace en la metrópoli. De fans de telepredicadores de un mundo mejor, para ellos claro.

A todos ellos también una maleta, con más de quince kilos para que se lleven también tanta mala energía, mediocridad y pereza, también el disfraz de comprometidos, prometidos con el voyerismo sádico de ver como maltratan a los nuestros.

Mientras en la colonia, salarios de colonia.

En África, a 27 de febrero del año del Kaos.

 

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