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Cada fin de semana abro la prensa, leo las declaraciones de unos y otros, las cifras de los presupuestos, los incrementos, sus porcentajes deslumbrantes de subidas en determinadas áreas, los millones y millones de turistas que nos visitan y me parece que el contador no se detiene, sigue y sigue avanzando, decenas de millones, crecimientos de PIB, money y más money, tsunami de euros,  más camas, más aeropuertos, más cruceristas, pero saben lo que les digo yo no vivo en Canarias, se los garantizó, estaba equivocado o me han abducido, donde vivo si hay más, más miseria.

Sinceramente he de confesarles que a mi me han teletransportado a otro sitio, que durante la semana el barrio donde yo trabajo nada tiene que ver con esas estupendas cifras, ese optimismo desenfrenado, esas infinitas monedas que desbordan la máquina tragaperras. Vamos que lo reconozco, algo extraño me sucede, debe ser que estoy en Comisión de Servicio fuera de las islas y mi mala cabeza o algún chip que me han injertado me impide ser consciente de ello.

Imaginen la trastada que me han hecho, mientras en Paradise Canarias la riqueza pasea por las calles, yo trabajo en un extraño y lejano lugar donde la administración pública concede ayudas de libros escolares a las unidades familiares, repito unidades familiares, que cobran menos de 6000 euros al año y no son pocos, a otros no les llegó pues cobraban las ingentes y millonarias cantidades de siete, ocho, nueve mil euros…

Y es que en el país que yo trabajo durante la semana antes de aterrizar los findes en Club Paradise Canarias los salarios son de miseria, los contratos acaban antes de empezar, te pagan cuatro horas y trabajas seis, los sueldos de los jóvenes no llegan para alquilar una vivienda y pagar el agua, la luz y la alimentación, las abuelas y abuelos mantienen en pisos de cincuenta metros a hijos y nietos con sus pensiones, los dientes y muelas se caen y se come con pajilla o se mastica por un lado. Allí, mi gente es diabética de tanto comer bollería barata para matar el hambre o la angustia y a los treinta, los jóvenes y las jóvenes aparentan cincuenta.

Y pienso a cada instante, qué suerte vivir en ese país que relatan los medios, en el Paradise Canarias, pues donde me teletransportan todas las semanas me pregunto qué es eso de los servicios sociales que dejan morir escuálidos de recurso, qué significa plan cuponazo de empleo, cómo es posible que,  cuando camino, no llega a un km, pase de la ciudad de “ a ver cómo sobrevivo hasta el día que cobro” a la ciudad escaparate.

Insisto qué suerte vivir en el Paradise Club, aquí donde yo trabajo al día siguiente de cobrar solo quedan deudas para el siguiente mes y, como no, cuarenta euros es una fortuna,  el 10% de la ayuda con la que comen cuatro y el Cash Convert una solución o el monte de piedad del SXXI.

Lo dicho. Soy un trastornado que no sabe apreciar tanta riqueza y que está teletransportado otro país, en ese país que aún es colonia. Así que felicito a esos medios y a esos administradores políticos por ese esplendido paradise donde viven, aunque quienes hacen posible esas ediciones, los periodistas y trabajadores también sean teletransportados a menos, unos cientos menos de mil euros como los que viven al otro lado de la maravillosa realidad de los millones de turistas y euros que caen del cielo.

En África, a dos de diciembre del año del kaos

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